Blog Paco

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Bienvenido a este rincon de Paco donde expongo los poemas que me gustan, los poetas que me han causado sensacion y todo aquello que voy haciendo con relacion a la poesía.

  • El juego de hacer versos

    Jaime Gil de Biedma lee el poema «El juego de hacer versos», perteneciente a su «Antología personal».


    «El juego de hacer versos»
    El juego de hacer versos
    -que no es un juego- es algo
    parecido en principio
    al placer solitario.
    Con la primera muda,
    en los años nostálgicos
    de nuestra adolescencia,
    a escribir empezamos.
    Y son nuestros poemas
    del todo imaginarios
    -demasiado inexpertos
    ni siquiera plagiamos-
    porque la Poesía
    es un ángel abstracto
    y, como todos ellos,
    predispuesto a halagarnos.
    El arte es otra cosa
    distinta. El resultado
    de mucha vocación
    y un poco de trabajo.
    Aprender a pensar
    en renglones contados
    -y no en los sentimientos
    con que nos exaltábamos-,
    tratar con el idioma
    como si fuera mágico
    es un buen ejercicio,
    que llega a emborrachamos.
    Luego está el instrumento
    en su punto afinado:
    la mejor poesía
    es el Verbo hecho tango.
    Y los poemas son
    un modo que adoptamos
    para que nos entiendan
    y que nos entendamos.
    Lo que importa explicar
    es la vida, los rasgos
    de su filantropía,
    las noches de sus sábados.
    La manera que tiene
    sobre todo en verano
    de ser un paraíso.
    Aunque, de cuando en cuando,
    si alguna de esas noches
    que las carga el diablo
    uno piensa en la historia
    de estos últimos años,
    si piensa en esta vida
    que nos hace pedazos
    de manera podrida,
    perdida en un naufragio,
    la conciencia le pesa
    -por estar intentando
    persuadirse en secreto
    de que aún es honrado.
    El juego de hacer versos,
    que no es un juego,
    es algo que acaba pareciéndose
    al vicio solitario.

  • ORACIÓN POR NOSOTROS LOS POETAS

    Señor, ¿qué nos darás en premio a los poetas?
    Mira, nada tenemos, ni aun nuestra propia vida;
    somos los mensajeros de algo que no entendemos.
    Nuestro cuerpo lo quema una llama celeste;
    si miramos, es sólo para verterlo en voz.

    No podemos coger ni la flor de un vallado
    para que sea nuestra y nada más que nuestra,
    ni tendernos tranquilos en medio de las cosas,
    sin pensar, a gozarlas en su presencia sólo.
    Nunca sabremos cómo son de verdad las tardes,
    libre de nuestra angustia su desnuda belleza;
    jamás conoceremos lo que es una mujer
    en sus profundos bosques donde hay que entrar callado.
    Tú no nos das el mundo para que lo gocemos,
    Tú nos lo entregas para que lo hagamos palabra.
    Y después que la tierra tiene voz por nosotros
    nos quedamos sin ella, con sólo el alma grande…

    Ya ves que por nosotros es sonora la vida,
    igual que por las piedras lo es el cristal del río.
    Tú no has hecho tu obra para hundirla en silencio,
    en el silencio huyente de la gente afanosa;
    para vivirla sólo, sin pararse a mirarla…
    Por eso nos has puesto a un lado del camino
    con el único oficio de gritar asombrados.
    En nosotros descansa la prisa de los hombres.
    Porque, si no existiéramos, ¿para qué tantas cosas
    inútiles y bellas como Dios ha creado,
    tantos ocasos rojos, y tanto árbol sin fruta,
    y tanta flor, y tanto pájaro vagabundo?
    Solamente nosotros sentimos tu regalo
    y te lo agradecemos en éxtasis de gritos.
    Tú sonríes, Señor, sintiéndote pagado
    con nuestro aplastamiento de asombro y maravilla.

    Esto que nos exalta sólo puede ser tuyo.
    Sólo quien nos ha hecho puede así destruirnos
    en brazos de una llama tan cruel y magnífica.

    … Tú que cuidas los pájaros que dicen tu mensaje,
    guarda en la muerte nuestros cansados corazones;
    dales paz, esa paz que en vida les negaste,
    bórrales el doliente pensamiento sin tregua.
    Tú nos darás en Ti el Todo que buscamos;
    nos darás a nosotros mismos, pues te tendremos
    para nosotros solos, y no para cantarte.

    Hombre de Dios, 1945.

  • Paco y Gloria

    Dos visiones de la poesía