
Domingo,
día de aceras vacías
y pan de ayer.
Las horas esquizofrénicas
se desangran entre el salón
y las sábanas húmedas
del goce conyugal,
entre un café
olvidado en las sombras
y la cerveza abierta
que sueña en el frigorífico.
Acepto tus desiertos de tedio,
me aferro a ti
en lucha para que el lunes
no llegue
con un ejército de horarios
y normas amargas
Mientras esta fábrica roja en mi pecho
impulsa mi sangre a golpe de sílabas
como hace entre semana,
y yo devoro
cada segundo,
aun masticando la nada
de cada domingo.