
Dong, dong.
Suena profunda
la campana en la noche.
Metrónomo del lento avance
del tiempo.
Un eco antiguo
sisea en las aceras.
Un perro
ladra asustado
cuando el silencio se rompe.
La noche
de nuevo se dibuja en un silencio.
Tras la oscuridad se encubre,
la ancestral condena
del hombre.
Las almas duermen
tranquilas en sus casas,
mientras la noche
juega con sus sonidos
en las callejas
de un pueblo entre dos nadas.
Aquí,
como en cualquier lugar,
al alba
regresa el movimiento.
El bullicio, de a poco,
impregnará los soportales,
y las viviendas,
construidas con sillares viejos,
renacerán.
Tras las ventanas quedan
las pasiones ocultas de la noche,
sus dudas.
Miedos, tal vez.